martes, 8 de mayo de 2007

Despertar


-¡Es a ti que te tengo que pedir cuentas!¡Es a ti!- Gritaba tu padre a todo pulmón mientras tú solo podías escribir para descargar el peso de la impotencia sobre una hoja de papel. Sabias que él se calmaría o que por lo menos iría a la otra habitación a gritarle a alguien más.

-¡Mediocre!- Esta vez te dolió, pero que le vas a hacer, si nada valen tus palabras frente a él.

-¡Estás en el mundo solo para que haya más gente!- Ahora si que mejoró la situación, se le unió tu madre, y si en este momento tus profesores y vecinos se unieran también, formarían un orfeón de reproches exasperantes. Pero tú seguirías escribiendo, ¿verdad?.

-¡Pero no fui yo!- Estúpido, te dices a ti mismo en el momento en que las palabras eran impulsadas por tu lengua y moldeadas por tus labios para salir y convertirse en una inútil exclamación que provocaría aún más furia, y que tu padre hiciera lo que el llamaba "tomar cartas en el asunto". Mientras tu madre ahora se arrepentía de haberle dicho que no llegaste a dormir ayer, después de todo tu padre tampoco llegó, antes de preguntarte cómo, quién y por qué tienes esos moretones en la cara y esas marcas en la espalda. Probablemente ninguno se halla dado cuenta aún de que hoy te falta un dedo, y es normal que te preguntes si alguna vez les importó que tuvieras diez o veinte, corrijo, ahora solo 19. Por eso tampoco importa que hiciste o que no, no te van a creer; así que dejas de escribir, guardas el papel en tu bolsillo izquierdo y sales corriendo. ¿A dónde? A los lugares donde anduviste ayer. Corres, pero no hay nadie detrás de ti, y entonces empiezas a recordar. Digo recordar, aunque se que nunca has podido olvidar cómo decidiste escapar de la realidad infernal en que vivías y comenzar a caminar entre sueños. A pasar tiempo con personas que soñaban igual que tú.

Todo era genial, lo siento, se que es una palabra cursi, y tu tienes las emociones a flor de piel, pero cursi no eres , la vida te ha enseñado a no serlo...Voy a tachar la palabra. Todo iba a pedir de boca hasta que tus sueños empezaron a obstaculizar tu horario escolar, y entonces tuviste que elegir, ¿soñar o estudiar? No fue difícil decidir, pues en la escuela no te iba muy bien, y ahora que empezaba a estorbar decidiste ir menos. No podías dejar de ir por completo, tu y yo sabemos que parte de las actividades que requerían tus sueños las realizabas allí, y también sabemos que estudiar no era una de ellas. Además, por qué dejar de ir si ya no tenias que temer, porque ahora tus amigos soñadores te podían defender de esos que antes te sometían ¿Ahora quién es el verdugo de los inocentes? Tú, porque todos los que eran tus compañeros te tienen demasiado miedo.

En este momento te ríes tristemente porque ese miedo nunca fue hacia ti, sino a esos que ahora llamas amigos; y lo que tu creías respeto no era más que un amalgama entre decepción y desinterés. Porque, ahora que lo piensas bien, si cuando llegabas todos se iban, no era para darte privacidad. Era porque ya se les habían acabado los argumentos para hacerte recapacitar, y sucumbieron ante la indiferencia. Pero eso a ti te daba igual, estabas cegado.

Tú y tus amigos soñadores estaban muy ocupados haciendo trabajitos para cumplir sus sueños de grandeza, porque el fin justifica los medios. Al menos eso te decían a ti, y bien sabes que llegó un momento en que se te olvidó cual era el fin y los medios se volvieron cada día más complicados, pero tu nunca dijiste que no. Nunca habías dicho que no, hasta ayer...

Era simplemente matar, llevarte un par de billetes y un reloj para que la policía creyese que fue tan solo un asalto. Que la victima se resistió y le regalaron un pasaje sin regreso al más allá. A cualquiera le hubieses hecho ese favor, ¿qué te han hecho para que consideres morir como un favor?. No, no contestes, eso ya lo hemos discutido antes, y por más que te diga que nada es tan malo como para querer que tu corazón deje de latir, siempre me vas a contar un nuevo y doloroso fragmento de tu historia. Por eso es que ahora tienes estos amigos, porque ya no querías sentir más dolor, pero dime ¿acaso ahora te va mejor? Besar al peligro sin probar su veneno te hacía sentir invencible, pero lo hacías para escapar de lo que en verdad te afecta. Así es como ves la muerte, como un escape. Por eso tu temeridad, valentía, osadía o como prefieras llamarlo siempre me ha parecido tu mayor debilidad.

Es mejor continuar la historia, pero ya que hablamos de arrebatarle la vida a alguien, ¿recuerdas cuantas veces lo has hecho? Sé que no, y tal vez sea mejor así, porque a veces tienes problemas para conciliar el sueño. A pesar de eso, por tus labios nunca ha cruzado la palabra arrepentimiento, porque todos merecemos morir.

Por eso dime qué pasó aquella noche. El tipo era policía y le había hecho pasar un par de malos ratos a uno de tus amigos soñadores. Y no a cualquiera, sino al que te indicaba qué necesitabas para vivir tus sueños. Aunque aún no me has dicho cuales son tus sueños, para este momento ya todos sabemos que tus actividades no eran lícitas. El poli estorbaba, ¿Qué más justificación necesitabas para enviar al cretino oficial al infierno? Sin duda iría allí, al igual que tú y tus amigos. Aunque eso no te preocupaba, porque sobretodo se iría él. Y entonces si tendrías valor para cobrarte todas las que te ha hecho. A ti también te había hecho daño, y aun así no hiciste nada.

Tu solo buscas tus sueños, en cambio él, descomponía los sueños de su mujer. Tú sabias que la pelirroja que iba a su lado no era su esposa. ¿No lo quisiste hacer porque iba con una muchacha en el brazo? ¡No!. Con o sin chica, siempre cumplías tu labor. Si la necia no salía corriendo, entonces te divertías más, porque así tú y tus amigos tenían algo más que sueños para compartir... Pero, entonces, si ya todo esto lo habías hecho antes, ¿Qué era diferente esta vez? ¿Por qué ayer dijiste que no?...

Porque quien caminaba por el callejón, del brazo de la meretriz barata y listo para ser devorado por una bala a quemarropa, era tu padre. Por eso dijiste que no. Porque, antes de todo, ellos eran tus amigos y te iban a comprender. Sabías que la traición los molestaba en sobremanera, pero ¿cómo ibas a saber que no asesinar a tu padre era traición?

Ellos dejaron que tu padre y su chica siguieran su camino. Él nunca se percató de que ustedes estaban ahí, quizás porque estaban bien ocultos, o quizás porque la pelirroja lo tenía bastante entretenido. Como querías, a tu padre lo dejaron ir, pero entones decidieron ocuparse de ti. Dijeron que te iban a enseñar una lección y tu sabes que mientras vivas no la vas a olvidar. Basta con ver tu mano izquierda para que recuerdes exactamente lo que tus amigos te quisieron enseñar.

Tú continúas tu recorrido por tu pasado reciente y mientras te preguntas cuándo tu sueño se convirtió en desazón, escuchas a la policía. Piensas en correr, pero ya es tarde. Mientras se acercan te tranquilizas, al saber que hoy no has hecho nada, y por todo lo demás no tienen pruebas contra ti.

Pero, espera, ayer no entregaste el paquetito, y aún lo tienes en los bolsillos. No piensas ni un segundo y empiezas a correr, sacas tu 9 milímetros y disparas sin siquiera apuntar. ¡Que suerte tienes, le diste a uno en la pierna! Pero el otro te descargó el revolver en la espalda y mientras respiras tus últimos instantes en este mundo, caes al suelo y sale de tu bolsillo un papel con el que tu madre llorará después, una caligrafía que cubre ambos lados de la página: "Vivir nuestros sueños es a veces más difícil que luchar por ellos. Yo no he tenido la oportunidad de experimentar lo primero y sé que no es correcta la forma en que hago lo segundo”. Pero de esto tú no te vas a enterar. Solo tienes tiempo para pensar que ahora vas a dormir para siempre; o tal vez es ahora cuando en verdad vas a despertar.

Mi Pionero

No podía quitar la sonrisa estúpida que tenia en mi cara, y ver la que tenia él tampoco me ayudaba. -Entonces, ¿Cual es la respuesta?- me dijo. Yo no lo podía creer. Tantas veces lo había soñado de tantas formas distintas, todas extremadamente románticas y significativas, y ahora que se presentaba era tan sencillo. Sin embargo, yo leía entre líneas un profundo significado en las palabras, en los gestos, en su mirada... Seria solo mi imaginación mezclada con todas las ilusiones que tenia de que el estuviera experimentando el mismo entusiasmo que yo.

Tenía tantas ganas de decir que si, pero este monosílabo no salía de mis labios porque no podía dejar de sonreír para articular esa palabra. No tuve más remedio que asentir con la cabeza y acto seguido el comenzó a hacer lo mismo. Sentados en sillas contiguas y mirándonos de frente, formábamos una imagen patética, pero yo solo podía sentir la magia... Al fin la palabra salió de mi boca, y cuando lo escuché preguntar: ¿Sí, a que si recuerdas la pregunta, o Sí es tu respuesta?, ya no aguantaba más. Eran los instantes más intensos que había vivido en mis 14 años, 3 meses y 11 días. Toda la exaltación que me producían esos momentos se debía a que los estaba viviendo con él. El mismo que unos momentos atrás trataba de entretenerme con historias de sus travesuras y explicaciones sobre el nombre de un puente. Yo escuché cada una de sus palabras con atención, y siempre con una sonrisa en mis labios. Reí de sus chistes, me maravillé con sus curiosidades, hice preguntas y comentarios que demostraban mi interés, aunque no podía evitar que de vez en cuando mi mente naufragara en pensamientos acerca del mundo que deje afuera.

No recuerdo qué dijimos después. Al revivir la escena solo me acuerdo de que las personas que antes estuvieron en la casa se marcharon porque tenían cosas que hacer. Y quedamos solos.

-Vamos a dentro-dijo, y entró en la sala, creo que apagó las luces y ahora estaba solo iluminada por la luz que venia del comedor. Me senté en el mueble y el junto a mí. "¿Qué hago?" era la pregunta que rondaba por mi imaginación. Sabía lo que iba pasar. Estaba preparada para un momento indeleble en mi pensamiento futuro, pero no sabia como reaccionar para hacerlo perfecto, para impregnarle a la ocasión parte de mi, que la distinga de las demás que el tuvo. Para que el momento no fuese solo mío, sino de los dos.

Abrazó mi cintura con un brazo y rodeó mis hombros con el otro. Sentí que era mío. Lentamente acercó su rostro a mi cara y aquí llego la hora de hacer algo para que él recordara aquel momento. Para bien o para mal lo detuve justo antes de que sus labios tocaran los míos. Probablemente hubiese sido mejor permanecer callada, dejar que él uniera su boca a la mía; pero entonces no hubiese sido yo. Así que tuve que hablar. Estaba tan nerviosa que solo logré balbucear un par de palabras que apenas yo entendí. Pero el captó el mensaje, aunque no mi intención. Dijo que no era algo que el pueda enseñar, sino mostrar, y dos segundos después besó mis labios y lentamente su lengua se deslizó dentro de mi boca. "¿Y ya? ¿Esto es todo?" Pensé que este intercambio de fluidos seria algo más impactante. Como si hubiese leído mi pensamiento de inconformidad, se detuvo. - Pero has algo- solicitó con una sonrisa en los labios y su tono era un amalgama de burla, reproche y empatía.

Lo intentamos una vez más y en esta ocasión procuré prestar menos atención a mis pensamientos y más a su consejo. Hay momentos en la vida en los que para poder disfrutar solo debes reaccionar, permitir que tus instintos guíen tus movimientos y dejar a tu razonamiento guardado en un bolsillo, para que no interrumpa tu felicidad. Yo comprendí esto y por eso me dejé guiar por él...

Olor a él

Caminaba hacia ninguna parte. Tenía muchas cosas en que pensar, pero lo único que tenía presente es que había mentido. Mintió cuando dijo que no había amor. Si lo había, porque era lo que la movía. Fue lo que la llevó hasta allá, lo que impulsó sus pasos. Lo que impidió que saliera corriendo, aterrorizada, ante la idea de estar con él, quien no la quería, quien no le pertenecía.

Recordó que en la televisión estaban transmitiendo una insulsa película que había visto varias veces. Estaba dispuesta a verla una vez más, eso hubiera sido suficiente para hacer aquella mañana perfecta. Lo más tedioso resultaba placentero si estaba con él, uno en cada esquina del sillón. Y así estaban. Y le encantaba. Y no quería deshacer la atmósfera de complicidad entre ambos que ella había creado en su imaginación. Otra vez, todo era un espejismo, ¿cuándo será auténtico? Por eso decidió postergar la pregunta que fue a hacer. Se repitió tantas veces que no dejaría que la situación escapase de su control pero, en cuanto estuvo abrazada a él y sintió el primer beso, perdió todo dominio sobre los eventos subsecuentes; lo sintió así porque nunca tuvo potestad sobre sí misma.

Le era imposible resistirse a él, el pionero, quien ahora, unos años después, tenía un rostro diferente, una piel distinta, pero seguía siendo el mismo. El inigualable, el inolvidable, el irrecuperable. Él. Aquel efecto abrumador que le producían cada uno de sus actos no le permitía pensar. ¡Mentira! Sí pensó. Sabía exactamente qué iba a pasar, siempre sabe. Estaba consciente de todas las circunstancias que implicaba el momento. Sin embargo, no fue capaz de coordinar sus pensamientos y sus actos.

Fingió haber aprendido la lección de la primera historia: "Laisser-faire, laisser-passer". No conocía otra forma de alejar por un par de horas la soledad que la sobrecogía. Para no estar sola se rindió ante sus caricias, sin esperar siquiera que una palabra dulce saliera de sus labios para iluminar su mundo. ¡Mentira! si la esperaba. Añoraba una y muchas más, pero no obtuvo ninguna. Así que se convenció de que eso era lo mejor, pues cualquier conjunto de sonidos que él hubiese pronunciado idílicamente para ella, probablemente, no hubiese sido sincero. A ella no le gusta que le mientan. ¡No es cierto! La sinceridad poco importaba. La verdad era lo que no quería escuchar, lo que necesitaba ignorar, lo que pretendía olvidar. La realidad es lo que se arrepentía de haber ido a buscar. Ella quería artificios para cubrir las carencias que había en su alma (¿En su mente? ¿En su autoestima?)

En busca de quimeras lo siguió hasta la habitación. Se sentó en la cama, junto a él, lo besó y se dejó besar. En ese momento, creyó que ya había recolectado todo el valor que podría encontrar en su interior, así que lo detuvo. Nueva vez quiso ser ella, pero ahora no pudo. Era el momento de preguntar, de saber (¿O comprobar?). Él la interrumpió. No permitió que pronunciara la frase que había practicado tantas veces desde hacía dos días, quizás la había ensayado desde el principio. Le aconsejó que no dijera nada que pudiese trastornar la ocasión, "Nada que no sea constructivo para el amor". Y fue entonces, cuando lo oyó pronunciar tan cínicamente ese conjunto de sonidos que aludía a un sentimiento que liga una persona a otra, que sintió ganas de lanzarle una mirada que, literalmente, lo fulminara. O, por lo menos, decir algo que lo obligara a confesar, retractarse y disculparse. Con solo lograr una de las anteriores hubiese sentido que su cometido estaba consumado. Sin embargo, la frase cuyos labios ansiosos de besos (sí, besos suyos, aunque con esos labios él le confesara amor a otra) pronunciaron como respuesta solo sirvió para que el encuentro fuera menos significativo para él. Porque ella mintió. Si bien no expresó una de las inquietudes que pudieron haber abortado la conexión que pretendía hacer surgir, tampoco fue capaz de engendrar los lazos que desesperadamente ansiaba crear. Tan solo hizo lo que creyó correspondiente: negar la total o parcial existencia de cualquier sentimiento homólogo al amor. Porque sabía que ella no era lo que él especialmente quería. Ese afecto no estaba en él. Tal vez lo sentía, pero no para ella. ¿Qué había para aquella mujer que estaba, aunque parezca paradójico, colmada de carencias? Había menos que un cero a la izquierda. Y no lo culpaba por eso.

Él solo se percató de que podía disponer de su cuerpo, mas no se dio cuenta de que ella también había puesto su vida y aliento a disposición de aquel que, a pesar de estar a escasos minutos de desnudarla, nunca le dedicó una palabra que mostrara predilección. Por otro lado, ella tampoco se esforzó por mostrarle clara y directamente la llama que ardía dentro de lo que revelaba su escote. Ese fulgor que había infructíferamente intentado extinguir, porque no quería ser consumida otra vez. La misma llamarada que más tarde calcinaría los trozos de sensibilidad que quedaban intactos. Esos mismos con los que contradijo a su sensatez. Con los que decidió volver a experimentar los altibajos que implica la vida de las personas que solo saben vivir muriendo por otras.

Calló y se dejó desnudar (un suceso que nunca le ha parecido bochornoso. Más bien soso, porque es un acto preceptuado). No estar preparada para exigir las respuestas que legítimamente le pertenecían era más decepcionante que ver cómo su ropa quedaba esparcida alrededor de la cama. Mientras él la despojaba de la blusa amarilla que cuidadosamente había seleccionado para la ocasión, ella supo que ya no tendría motivos, ni intenciones, ni siquiera ganas de decir nada. Error!. Había motivos de gran peso y, aunque sus intenciones no eran muy claras ni para ella misma, le sobraban las ganas de hablar. Pero no tenía valor. Arriesgaría todo con tan solo mencionar una palabra (¿todo? tonta! no había nada). Solo ella podía considerar aquellos encuentros esporádicos como una relación. Tanto así que, por ese ínfimo amorío, rehusó vincularse con otros que le prometían su completa devoción. Creyó no necesitar amor, con él era suficiente. Todo esto pasó por su pensamiento, pero no abrió la boca mas que para besarlo de nuevo.

Ahora él estaba sobre ella y lentamente recorría con su lengua el espacio entre sus senos y su ombligo. Ella ya no se acuerda que estaba pensando. Vagamente recuerda que él hizo una pregunta y ella respondió que no. Claro que nunca antes había hecho el amor. Y ese día tampoco sería su primera vez. Porque, aún si él la hubiese penetrado, eso no podría ser considerado como producto del amor. Él prometió no entrar en ella sin su consentimiento, pero hace mucho que su olor se le había impregnado en la piel. Ella sintió alivio al saber que no tendría sexo con alguien que no estaba prendado de su esencia. Aunque, sin pensarlo dos veces, hubiese trocado su virginidad por amor. La hubiese entregado voluntariamente si tan solo eso hubiese cambiado el rumbo de las cosas. Pero ella era un velero y sospechaba a donde la empujaría el viento.

Continuaron las caricias que él jamás le volvería a entregar. Esas mismas que provocaron en ella una exaltación intensa. Pero, ya casi era hora de que cenicienta se diera cuenta de que estaba en la historia equivocada y saliera de la casa del lobo. Ella presentía el desenlace: en este cuento ya había una princesa.

A pesar de la timidez, casi torpeza, con que ella lo acariciaba, él llegó al clímax, más por compromiso que por los insulsos roces con aquel cuerpecito que no fue capaz de llenar sus expectativas. Tal vez, ella no hubiese sido un entretenimiento mediocre si le hubiese demostrado con sus manos todo el afecto que guardaba solo para él, en el lugar donde se ubican los sentimientos que son difíciles de nombrar sin que las palabras suenen huecas. Porque por más espléndidas que éstas sean, nunca se aproximan a la sublimidad de lo que se experimenta.

Ni un beso más y se vistieron. Fueron a la sala y se sentaron uno frente al otro. Luego ella se acomodó sobre él. Mientras él jugaba con el collar que adornaba su pecho, ella lo cuestionó sobre ese asunto que le carcomía los ánimos. Y fue ahí cuando se pulverizó la valoración que tenía de si misma. No hay forma más eficaz de herir el amor propio de una mujer que anunciarle que nunca percibirá un punto en la historia del prójimo con el que su corazón exige estar. Obviamente, ella no podía aspirar a ser más que su acompañante ocasional, pues otra era dueña de sus pensamientos, de su todo. Para la mujer que él tenía en frente no sobraba nada.

La presencia de él debía ser narcótica, porque esas palabras no la afectarían sino hasta dos días después, cuando él las reafirmó, para no dejar ni la más minúscula duda de que ella debía aceptar la naturaleza de ese idilio o simplemente dimitir. Ella se percató de lo que las palabras revelaban: que el mundo en el que él vivía seguiría girando, aunque el de ella quedase inmóvil y fuera de órbita. Por supuesto, él no olvidó mencionar que no había nada por lo que ella pudiese recriminarle, pues él nunca hizo promesas. ¿Qué más podía esperar? ¿Qué él le permitiera demostrar que ella merecía que alguien la deseara solo a ella? ¿Qué ese sujeto podía ser él? Tuvo oportunidad de expresarle sus aspiraciones románticas muchas veces, cuando se abrazaban. Pero nunca dijo que ella estaba en el mejor lugar de la tierra exclusivamente porque se encontraba con quien quería.

Humillada y con un penetrante, y perenne, retortijón entre pecho y espalda, salió de la morada que él pronto compartiría con otra. La degradaba la idea de que aún ansiaba besarlo y estar junto a él. Esto último lo escribiría en todas las cartas que nunca saldrían de las manos del remitente. Poco importa que olvidara mencionarlo en la única que arribó donde su destinatario, porque esta produjo la misma respuesta que las anteriores.

Por otro lado, no pudo evitarlo, pasó el resto del día oliendo a él.

La Primera


He querido que la primera entrada del Blog sea una frase que me gusta tener siempre presente:


¨No Debes Temer A Los Obstaculos, Ellos Tan Solo Nos Ofrecen La Oportunidad De Reanudar El Camino Con Más Acierto E Inteligencia."