sábado, 8 de marzo de 2008

Mil Gracias

De antemano, me disculpo por expresar solo lo que quiero sentir y dejar al azar que te pongas al corriente de todo lo demás. Digamos que mientras menos sepas, menos me afectas. Siempre utilizo esto como un mecanismo de defensa que aprendí de los caminos que he transitado. No eres el único que ha tenido que aprender a sobrellevar su pasado.

Gracias por la honestidad, cualidad fundamental desde el principio, la cual derramaste a borbotones. He de admitir que es una virtud muy poderosa, y difícil de encontrar por igual. Te agradezco las horas de conversación, los detalles y las atenciones de los primeros días.

Ahora, en efecto, han menguado la comunicación, las expresiones de afecto y otras formas que me seducían. Pequeñeces que me impedían pensar que había nacido una emoción con un padecimiento ineludible (falta de esperanzas) que no le permitiría desarrollarse. Quisiera decir que el resultado de todo esto me sorprende, pero la verdad es que ya conozco esta ecuación. Con poca ilusión de que te importe, y sin una pizca de dolor en el alma, te escribo que esto no es para mí.

Reitero que mereces ser feliz y, agrego, yo también. No es mi intención perder mi horizonte por cautivarte, porque sé que, aunque no este totalmente definido, caminarás en dirección al tuyo sin vacilar, hasta que puedas.

Ya te toparás con alguien que quiera y pueda anclarte una vez más. Yo desisto antes de intentarlo. Me matan las ataduras preceptuadas, precisamente porque lapidan la espontaneidad. Siempre he preferido un barco que surque por el mar durante el día y aprecie el faro que lo guía de regreso al puerto por las noches. Ya encontraré alguien que quiera mi luz.

Mientras tanto, amigo, te comunico la firme proposición de ayudarte a mantener la promesa que me hiciste. No me harás llorar.

lunes, 3 de marzo de 2008

A mi musa más productiva


Algunas mañanas despierto con una sonrisa en mi cara porque creo que te he dejado de querer. Pero la realidad es que lo he hecho por tanto tiempo que ya me acostumbre al sentimiento. Por eso, ya no distingo entre quererte o no. Ya no recuerdo como era mi vida antes de pensar en ti en las mañanas, fantasear por las tardes y soñarte todas las noches.


No creas que en mi vida las cosas van mal. Amores no me faltan, tengo metas suficientes para ocupar mi tiempo por muchos años, y nunca he atravesado grandes inconvenientes. Siempre logro superar los obstáculos o captar la señal que me da la vida: por este camino no. Así como pasó esta vez, hay ocasiones en las que simplemente he tenido que entender que eso que tanto anhelaba no era para mí. Fue de esta manera que asimilé que te quiero, pero no te necesito. No todas las barreras se deben derribar. Claro, lo más complicado resulta determinar cuáles si y cuáles no.


Definitivamente, puedo vivir sin ti. Los días son diferentes porque mis pensamientos son ambiguos. Me debato entre la emoción de no verte nunca más, cuando estas lejos, y la impaciencia por decirte dos palabras, cuando se que estas cerca.


Esto nunca te lo dije: no siempre te quise a mi lado. La primera vez que te ví, admito que me impresionaste, pero no eres perfecto, cosita rica. Hubo ocasiones en las que deseé que nunca te hubieras acercado y que te hubieses quedado caminando lejos de mí. En la distancia, donde no tenías defectos. Estos, en lugar de menguar los cambios hormonales que me hacías experimentar, potenciaban el efecto de la montaña rusa en la que me llevabas. Te hacían más humano, más posible de querer.

Es por todo lo bueno y todo lo malo que aún te miro, que aún te pienso y, a veces, te extraño. Si aún te escribo, es por todo lo que imagino que las cosas pudieron ser o pueden llegar a ser en un grandioso giro del destino. Es por lo vivido y por aquello que quedo por vivir que no dejo entrar a nadie más y aún me aferro a tu recuerdo.