Vi en una película que un señor le decía a su hija una frase que leyó en una revista y me motivó a, desde hoy, reconocer siempre la soberanía que tengo sobre mis actos. Ciertamente, no recuerdo el nombre de la película y mucho menos quienes actuaron en ella, hace muchos meses que la vi. Sin embargo, tengo a bien decir que la frase se quedara conmigo por un buen tiempo. Ese personaje le dijo a su hija que leyó en un artículo que cada mujer tiene la vida amorosa que desea.
De repente, reflexioné sobre esta frase y recapacité sobre la veracidad de esta máxima. Solo difiero en un punto: no se puede limitar esta cláusula únicamente a las mujeres. También aplica para los hombres.

Muchas veces me he quejado de la pésima suerte que tengo en cuestiones amorosas. Al parecer, frecuentemente olvido que la suerte no es mas que el encuentro de una oportunidad con la
preparación previa. ¿Me he preparado oportunamente para las casualidades que me presenta la vida? Probablemente no. No soy la única que me quejo de que "siempre me pasa igual", pero
quizás soy de las pocas que me doy cuenta de que "siempre
actúo igual". Mis limitaciones no cambian, porque mis temores son los mismos. Los resultados que obtengo en diferentes casos son
homogéneos, porque mis reacciones ante esas situaciones son muy similares, a pesar de la desemejanza entre las condiciones que sobrevienen.
Recientemente vi otra
película cuyo personaje principal realizó una sencilla ceremonia de

liberación personal en Navidad. Simplemente , escribió en un papel todas aquellas cosas que no le complacieron del año a punto de terminar. Luego, quemó el papel y terminó el rito diciendo "los perdono". Dicho esto, absolvió desde su interior a todas las personas que causaron sus lamentos.
Me pareció muy interesante aquella práctica. Por lo mismo, decidí ejecutarla individualmente el último día del año pasado. También motivé a varios amigos a que hicieran su propia ceremonia. Particularmente, inicié la mía decorando medio folio de papel, usando lapiceros de varios colores. Algo sencillo, pero que haría de aquel pedazo de hoja una página especial. Escribí un encabezado muy llamativo por su colorido, y considero que también por su alcance: "Mis Quejas". Debajo, empecé a enumerar todos aquellos reclamos que reputaba como causantes de mis angustias. Terminada la lista, no muy larga aunque era redundante, estampé mi firma y leí lo que había anotado. Mi intención era confinar todas las imprecaciones que circundaban mi cabeza.
Me desconcerté (admito que solo un poco) cuando deduje que solo había una persona a la que debía disculpar. Después de la sorpresa inicial, decidí poner fin a mis tiempos de execración. Claramente, me tenía que perdonar. Quemé el papel y lo hice.