martes, 1 de enero de 2008

Lo que aprendi viendo peliculas

Vi en una película que un señor le decía a su hija una frase que leyó en una revista y me motivó a, desde hoy, reconocer siempre la soberanía que tengo sobre mis actos. Ciertamente, no recuerdo el nombre de la película y mucho menos quienes actuaron en ella, hace muchos meses que la vi. Sin embargo, tengo a bien decir que la frase se quedara conmigo por un buen tiempo. Ese personaje le dijo a su hija que leyó en un artículo que cada mujer tiene la vida amorosa que desea.
De repente, reflexioné sobre esta frase y recapacité sobre la veracidad de esta máxima. Solo difiero en un punto: no se puede limitar esta cláusula únicamente a las mujeres. También aplica para los hombres.
Muchas veces me he quejado de la pésima suerte que tengo en cuestiones amorosas. Al parecer, frecuentemente olvido que la suerte no es mas que el encuentro de una oportunidad con la preparación previa. ¿Me he preparado oportunamente para las casualidades que me presenta la vida? Probablemente no. No soy la única que me quejo de que "siempre me pasa igual", pero quizás soy de las pocas que me doy cuenta de que "siempre actúo igual". Mis limitaciones no cambian, porque mis temores son los mismos. Los resultados que obtengo en diferentes casos son homogéneos, porque mis reacciones ante esas situaciones son muy similares, a pesar de la desemejanza entre las condiciones que sobrevienen.
Recientemente vi otra película cuyo personaje principal realizó una sencilla ceremonia de liberación personal en Navidad. Simplemente , escribió en un papel todas aquellas cosas que no le complacieron del año a punto de terminar. Luego, quemó el papel y terminó el rito diciendo "los perdono". Dicho esto, absolvió desde su interior a todas las personas que causaron sus lamentos.

Me pareció muy interesante aquella práctica. Por lo mismo, decidí ejecutarla individualmente el último día del año pasado. También motivé a varios amigos a que hicieran su propia ceremonia. Particularmente, inicié la mía decorando medio folio de papel, usando lapiceros de varios colores. Algo sencillo, pero que haría de aquel pedazo de hoja una página especial. Escribí un encabezado muy llamativo por su colorido, y considero que también por su alcance: "Mis Quejas". Debajo, empecé a enumerar todos aquellos reclamos que reputaba como causantes de mis angustias. Terminada la lista, no muy larga aunque era redundante, estampé mi firma y leí lo que había anotado. Mi intención era confinar todas las imprecaciones que circundaban mi cabeza.
Me desconcerté (admito que solo un poco) cuando deduje que solo había una persona a la que debía disculpar. Después de la sorpresa inicial, decidí poner fin a mis tiempos de execración. Claramente, me tenía que perdonar. Quemé el papel y lo hice.

Nueva Desventaja Competitiva.


Debo admitir que no soy una de esas personas que persiguen a toda costa el ideal de igualdad entre los sexos. Primordialmente, porque no creo que la igualdad exista, y no sustento mi opinión en la diferencia de géneros.

No es cierto que todo el mundo tiene las mismas posibilidades, ni siquiera personas del mismo sexo y con la misma preparación. Siempre hay alguien que tiene ventaja sobre los demás. Esto no lo digo yo, es una ley natural que el mundo verifica una y otra vez cada día. Por eso, si no creo en la igualdad entre dos individuos, menos entre los dos únicos géneros existentes porque implicaría que todos los individuos pertenecientes a uno y otro bando, lo que sumaría el mundo entero, poseen las mismas oportunidades y ya establecimos claramente que no es así. Además, a mi me gusta la idea de ser única e irrepetible.

Feministas y machistas extremistas... supérenlo! El hombre y la mujer no son iguales. Si quieren pruebas, abran un libro de anatomía básica. Admito que costo mucho sacrificio por parte de muchos individuos para que pudiéramos superar los años en los que "una mujer solo podía si realmente quería, mientras los hombres podían aunque no quisieran". Estoy agradecida con los que se esforzaron para que hoy el genero no sea un factor determinante para elegir a alguien para ejercer una función.

Gracias a esto, yo hoy puedo escribir. Y, es cierto que aun queda mucho camino por recorrer en este renglón. Sin embargo, considero que la mayor preocupación no debería ser que se diga "una médica" o "una medico". Simplemente hay "una" que atiende enfermos igual como los atendería un "uno" con la misma preparación académica. Además, hasta ahora no he escuchado a ningún periodista quejarse porque el nombre de su profesión termine en a.

Actualmente, lo que cierra las puertas no es el sexo, sino las ideas, las opiniones y los principios. Repito que no todos somos iguales porque muchos, hombres y mujeres por igual, carecen de la inescrupulosidad necesaria para ascender en ciertos medios. Enfrentémoslo, algunas buenas acciones son las que hoy nos quitan la ventaja competitiva.