Gracias por la honestidad, cualidad fundamental desde el principio, la cual derramaste a borbotones. He de admitir que es una virtud muy poderosa, y difícil de encontrar por igual. Te agradezco las horas de conversación, los detalles y las atenciones de los primeros días.
Ahora, en efecto, han menguado la comunicación, las expresiones de afecto y otras formas que me seducían. Pequeñeces que me impedían pensar que había nacido una emoción con un padecimiento ineludible (falta de esperanzas) que no le permitiría desarrollarse. Quisiera decir que el resultado de todo esto me sorprende, pero la verdad es que ya conozco esta ecuación. Con poca ilusión de que te importe, y sin una pizca de dolor en el alma, te escribo que esto no es para mí.
Reitero que mereces ser feliz y, agrego, yo también. No es mi intención perder mi horizonte por cautivarte, porque sé que, aunque no este totalmente definido, caminarás en dirección al tuyo sin vacilar, hasta que puedas.
Ya te toparás con alguien que quiera y pueda anclarte una vez más. Yo desisto antes de intentarlo. Me matan las ataduras preceptuadas, precisamente porque lapidan la espontaneidad. Siempre he preferido un barco que surque por el mar durante el día y aprecie el faro que lo guía de regreso al puerto por las noches. Ya encontraré alguien que quiera mi luz.Mientras tanto, amigo, te comunico la firme proposición de ayudarte a mantener la promesa que me hiciste. No me harás llorar.




