
Algunas mañanas despierto con una sonrisa en mi cara porque creo que te he dejado de querer. Pero la realidad es que lo he hecho por tanto tiempo que ya me acostumbre al sentimiento. Por eso, ya no distingo entre quererte o no. Ya no recuerdo como era mi vida antes de pensar en ti en las mañanas, fantasear por las tardes y soñarte todas las noches.
No creas que en mi vida las cosas van mal. Amores no me faltan, tengo metas suficientes para ocupar mi tiempo por muchos años, y nunca he atravesado grandes inconvenientes. Siempre logro superar los obstáculos o captar la señal que me da la vida: por este camino no. Así como pasó esta vez, hay ocasiones en las que simplemente he tenido que entender que eso que tanto anhelaba no era para mí. Fue de esta manera que asimilé que te quiero, pero no te necesito. No todas las barreras se deben derribar. Claro, lo más complicado resulta determinar cuáles si y cuáles no.
Definitivamente, puedo vivir sin ti. Los días son diferentes porque mis pensamientos son ambiguos. Me debato entre la emoción de no verte nunca más, cuando estas lejos, y la impaciencia por decirte dos palabras, cuando se que estas cerca.
Esto nunca te lo dije: no siempre te quise a mi lado. La primera vez que te ví, admito que me impresionaste, pero no eres perfecto, cosita rica. Hubo ocasiones en las que deseé que nunca te hubieras acercado y que te hubieses quedado caminando lejos de mí. En la distancia, donde no tenías defectos. Estos, en lugar de menguar los cambios hormonales que me hacías experimentar, potenciaban el efecto de la montaña rusa en la que me llevabas. Te hacían más humano, más posible de querer.
Es por todo lo bueno y todo lo malo que aún te miro, que aún te pienso y, a veces, te extraño. Si aún te escribo, es por todo lo que imagino que las cosas pudieron ser o pueden llegar a ser en un grandioso giro del destino. Es por lo vivido y por aquello que quedo por vivir que no dejo entrar a nadie más y aún me aferro a tu recuerdo.

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